lunes, 2 de marzo de 2009

Un sábado en la mañana



¡Dios mío que indolente que es la gente!, indicaba en voz alta mientras el taxista que me llevaba a mi destino, seguro un poco sorprendido y un poco asustado, me miraba por el espejo retrovisor, pendiente de que no lo apuñalara por detrás o que no lo vaya estrangular. Seguro, en algún momento, pensó “que le pasa, se volvió loca”.

Pero no, no estaba loca, aunque quizás un poco pero de indignación al ver a la gente pasar al lado de un pobre ciego, que les pedía que lo ayuden a cruzar. Ninguna, léanme bien, “ninguna” de esas seis o siete personas que pasaron por su lado, lo escucharon o para ser más prácticos, fingieron no escucharlo. “Total no es mi familiar, no le debo nada, por qué ayudarlo” se habrán repetido uno a uno.

En ese momento, juro que pensé en bajarme del taxi, total igual me iba a esperar mi amiga, pero yo también fui indolente y no lo hice. Solo lo pensé, y pensando no se hace nada, y hay veces que es necesario actuar.

1 comentario:

Artemisia dijo...

tienes razon, pensando no hace nada, y es increible ver como es que cada dia, las personas empeoran, algo que se, y me agradamucho saberlo, es que todo lo que uno hace regresa, si ayudas, te ayudan, si das recibes, y asi como algunas vez alguien te necesita, tu tambien necesitaras,, espero que nos sirva de leccion
--saludos--